Mi silencio
Lucas, sus comunicaciones
Como no solamente escribe sino que le gusta pasarse al otro lado y leer lo que escriben los demás, Lucas se sorprende a veces de lo difícil que le resulta entender algunas cosas. No es que sean cuestiones particularmente abstrusas (horrible palabra, piensa Lucas que tiende a sopesarlas en la palma de la mano y familiarizarse o rechazar según el color, el perfume o el tacto), pero de golpe hay como un vidrio sucio entre él y lo que está leyendo, de donde impaciencia, relectura forzada, bronca en puerta y al final gran vuelo de la revista o libro hasta la pared más próxima con caída subsiguiente y húmedo plof.
Cuando las lecturas terminan así, Lucas se pregunta qué demonios ha podido ocurrir en el aparentemente obvio pasaje del comunicante al comunicado. Preguntar eso le cuesta mucho, porque en su caso no se plantea jamás esa cuestión y por más enrarecido que esté el aire de su escritura, por más que algunas cosas sólo puedan venir y pasar al término de difíciles transcursos, Lucas no deja nunca de verificar si la venida es válida y si el paso se opera sin obstáculos mayores. Poco le importa la situación individual de los lectores, porque cree en una medida misteriosamente multiforme que en la mayoría de los casos cae como un traje bien cortado, y por eso no es necesario ceder terreno ni en la venida ni en la ida: entre él y los demás se dará puente siempre que lo escrito nazca de semilla y no de injerto. En sus más delirantes invenciones algo hay a la vez de tan sencillo, de tan pajarito y escoba de quince. No se trata de escribir para los demás sino para uno mismo, pero uno mismo tiene que ser también los demás; tan elementary, my dear Watson, que hasta da desconfianza, preguntarse si no habrá una inconsciente demagogia en esa corroboración entre remitente, mensaje y destinatario. Lucas mira en la palma de su mano la palabra destinatario, le acaricia apenas el pelaje y la devuelve a su limbo incierto; le importa un bledo el destinatario puesto que lo tiene ahí a tiro, escribiendo lo que él lee y leyendo lo que él escribe, qué tanto joder.
Cortázar: Un tal Lucas
Más de tres meses sin escribir una línea: todo un récord. Y es que si bien coincido con el maestro en que, en el fondo, uno siempre escribe para sí mismo, la cosa se complica cuando "uno mismo tiene que ser también los demás", sobre todo en un medio donde los demás se presentan y demuestran ser, a veces, gente que uno definitivamente no quiere ser, y sobre todo en una época en la que hay cierta postura fascista que, desde la mayoría, intenta imponer criterios falazmente democráticos a cuestiones que transitan el más puro y llano terreno cultural.
Entonces, cuando el vidrio se pone cada vez más sucio, uno necesita tomarse unas vacaciones para rehuir el trato social y sanar heridas, para volver a encontrar ese gusto por, y esas ganas de, escribir otra vez para uno mismo y quizás, por qué no, publicarlo, qué tanto joder.

3 comentarios:
antes pensaba que escribir para uno mismo era como hablar solo.
¿Para qué hablar solo?
Mejor pensarlo sin decirlo, porque si no hay alguien para oírnos, de qué sirven las palabras?
Antes pensaba eso.
Algo más tarde me pasó que escribir para mi era vomitar palabras que no tenían necesidad de un destinatario, solo pujaban por salir, a veces para sanar, otras veces, simplemente para que no se pudran en la nada.
Solo escribiéndolas serían algo, y merecían ser ese algo. Porque lo que uno piensa, siente, percibe, nunca deja de ser importante y merece ser "dibujado" (qué tanto joder!)
Lo estaremos leyendo.
No tengo mucho qué agregar, ando con los vidrios empañados últimamente.
Saludos.
Eso mismo: qué tanto joder. Contra los vidrios sucios se recomienda rociar un poco con un limpiador líquido y déle que déle con un bollito de papel de diario: como se ve, es otra opción destinataria de (cierto soporte de) la escritura.
Abrazo.
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