martes, octubre 16, 2007

Teorema del sexismo

Padre Tiempo, a través de su última entrada, me hizo conocer el atroz experimento de Stanley Milgram. Más allá del mal concepto que mantengo sobre esa supuesta "escuela psicológica", lo único que éste me demuestra es algo que ya sé por simple experiencia vital: la mayoría de la gente (me niego a hablar de porcentajes con muestras menores al centenar de casos, como allí) es peligrosamente estúpida, exageradamente egoísta y/o perversamente morbosa.

Muy lateralmente, asocié esa demostración con un fenómeno que en mi vida social me tiene los huevos al plato: la gran mayoría de la gente es, según la definición que doy al término, sexista; y en el caso femenino no me refiero sólo a las feministas sino básicamente a las muchísimas machistas. Ese sexismo se manifiesta en la mutua discriminación de género en tareas cotidianas que nada tienen que ver con la práctica y el ejercicio de la actividad sexual; v.g.: lavar los platos y coser botones por un lado y cambiar lamparitas y manejar el auto –estando ambas partes de la pareja presentes y disponibles- por el otro. Esa estupidez está tan arraigada que incluso he oído llevarla a límites insólitos, como una hipótesis sobre de qué lado duerme cada uno en la cama de dos plazas: tal parece que eso determinaría (o más bien representaría) quién toma realmente las decisiones en la pareja... increíble, pero real.

Una derivación de esta cultura tan naturalizada que me molesta personalmente es la sentencia, desarrollada muy bien en la comedia When Harry Met Sally (antológica la escena en que Meg Ryan finge un orgasmo en el restaurante) y reproducida hasta el hartazgo en la vida real, sobre la imposibilidad de una verdadera amistad entre un hombre y una mujer; el motivo: el sexo siempre "se cruza" en la relación. Esa afirmación es una verdadera aberración ya que es imposible que el sexo "se cruce" siendo que, lisa y llanamente, siempre está presente. Somos por definición seres sexuados y no hay forma en que yo deje de serlo en ninguna de mis actividades y actitudes; eso no significa que mi sexualidad sea el componente que deba definir, de manera absoluta, a aquellas. Luego de años de intentar explicar infructuosamente (es en vano argumentar frente a la idiotez) que ser amigo sincero y desinteresado de un par de mujeres, sin duda muy atractivas para mí, no sólo me resulta posible sino que me hace sentir muy bien conmigo mismo, esbocé la siguiente teoría que explicaría por qué la mayoría de la gente no me entiende.

Para empezar debemos definir el uso que vamos a darle a los términos "hombre" y "mujer". Acordemos que macho o hembra nacemos, y en eso no hay ningún misterio ni hay mérito alguno por parte del nacido. Hombres o mujeres, en cambio, nos construimos a nosotros mismos a través de un largo (en rigor interminable y por fuerza jamás acabado) proceso de maduración que es duro, difícil y lleno de escollos. Está comprobado que una persona puede vivir muchos años, tener hijos, envejecer y morir sin siquiera intentar empezar dicho proceso. Una mayoría de la muestra en cuestión dice que no es necesario... que al ser interminable no se justifica -aunque muchos ni siquiera llegan a tal nivel de análisis- y que sólo se trata de vivir sin búsquedas ulteriores; es la mayoría a la que me refería en el primer párrafo (ahí se justifica la referencia, que quizá todavía no se entendiera). A efectos prácticos llamaremos a esa mayoría que no tiene interés en dar ni el primer paso en su autoconstrucción "meros machos humanos" y "meras hembras humanas". Atento a esto, se podría representar gráficamente el cuadro social al respecto del siguiente modo:

Así, con esta distribución esquemática, es más fácil entender los criterios y la incomprensión mutua, ya que simplemente se trata de una situación de perspectiva: si nos situamos en uno de los cuadrantes mayoritarios y miramos en derredor vemos que la principal línea de demarcación de identidad es la de género y la madurativa se torna lateral, menor y por tanto menos importante. Si nos ubicamos en los cuadrantes minoritarios ocurre el mismo fenómeno pero con las variables invertidas:

Conclusión: la sentencia de que "la amistad entre el hombre y la mujer no puede existir" es falaz porque se trata de una simple extrapolación de las características del 'mero macho humano' y de la 'mera hembra humana' a los niveles propios del auténtico 'hombre' y la auténtica 'mujer'.

En fin, no sé si todo esto sirva de algo a alguien, pero si Milgram tuvo derecho a hacer lo que hizo bien tengo derecho yo a divagar delirantemente y presentar mis conclusiones bajo una apariencia "científica", máxime cuando no jodo al prójimo, a diferencia de él. Además, me divertí haciendo los gráficos y eso sólo ya basta.

9 comentarios:

Grismar dijo...

Muy buena conclusión. Me atrevo a decir que el porcentaje de mujeres machistas es bastante superior al de feministas (lo cual no difiere mucho, pero da para un post). Me hiciste acordar que hace un tiempito un reciente conocido, informado de mi huída ante cualquier perpectiva de relación de pareja, usó para "tranquilizarme" una vieja y muy común frase, "sólo quiero que seamos amigos, no te veo como mujer". Patético, si no me ve como mujer no puede ser mi amigo, ni mi pareja, ni siquiera mi hermano, porque simplemente no me puede ver.
No sé si Milgram tenía derecho a hacer lo que hizo, vos sí. Un beso.

Cinzcéu dijo...

Siempre según la lógica de los mmh y mhh (en adelante, los meros), la amistad entre el hombre y la mujer podría existir si y sólo sí: a) la mera es muy fea y/o b) el mero es muy puto. Es crucial la relevancia del "muy" porque si la mera no es tan fea, el mero no le hace asco y si el mero no es tan puto, cualquier bondi lo deja. Entre una mera muy fea y un mero muy puto suelen darse amistades sinceras pero la ocurrencia de esa relación es inferior al 0,01%.
Excelente la representación gráfica del teorema. Un abrazo.

.:. chirusa .:. dijo...

bueno dale, ahora hay que registrar el Teorema, que no solo esta muy piola y afanable, sino que demuestra que las reglas siempre tienen excepciones

Vitore dijo...

Muy acertado lo de que la mayoría de la gente "es peligrosamente estúpida, exageradamente egoísta y/o perversamente morbosa". Fijate que a mis años estaba pensando en estudiar una carrera "argentina" por antonomasia: psicología. Pero no sé si merece la pena explicar a mis futuros pacientes que es posible la amistad entre hombres y mujeres. Geniales los gráficos. Saludos 1+

Padre Tiempo dijo...

En 1957 se realizó el experimento "La amistad entre el hombre y la mujer". Se tomó un grupo de varones y otro de mujeres, y se los encerró en una quinta de Del Viso, donde casi inmediatamente los sujetos desarrollaron una hermosa amistad.
¿La trampa? En realidad, los varones eran actores que estaban en combinación con el director del experimento, el Dr. Unkil. Tenían la orden de fingirse amigos de las féminas, cuando en realidad en lo único que pensaban era en bajarles la caña, lisa y llanamente.
Conclusión: el 97% de las mujeres creyeron que la amistad era sincera. El problema es que varios de esos impostores, concluido el experimento, seguían fingiendo y adoctrinando a sus congéneres. En fin...
Quédese tranquilo, que su esperimento es más racional que el del doctorcete.
Un abrazo.

1+ dijo...

Grismar: muy interesante la anécdota y esa frase infausta. Si me permitís ser indiscreto, ¿ese conocido reciente es el mismo al que "Artaud lo hartó"? Un beso.

Cinzcéu: me encantó la simplificación a "los meros", daría para escribir toda una serie al estilo de los cronopios. Lástima que yo soy demasiado vago como para llevarla a cabo. Un abrazo.

Chirusa: los teoremas son una contribución filantrópica al saber universal y no se registran, si no en la lista de Forbes en lugar de Bill Gates estaría un tal Pitágoras... Un beso.

Vitore: admirable que a tu avanzada edad (je je) estés pensando en comenzar una nueva carrera. Si querés evitar estudiar todos esos años, siempre tenés la posibilidad de hacer como Milgram y yo, escribir estas sanatas y hacerte llamar "psicólogo social". Un abrazo.

Padre Tiempo: el experimento de Unkil (muy buena la analogía) tenía dos fallas fundamentales que lo volvían nulo: 1) partía de una base sexista al tomar "un grupo de varones y otro de mujeres" en vez de "un grupo de hombres y mujeres" como hubiera correspondido, y 2) manejaba un concepto erróneo de lo que es la amistad. Por un lado, la amistad sólo es posible entre dos individuos y no es un fenómeno grupal ("grupo de amigos" significaría simplemente que hay amistad entre cada dúo posible de los incluidos en el conjunto, y obviamente al ir agregando individuos más allá de los dos iniciales la posibilidad de ocurrencia se va reduciendo cada vez más: mis amigos no necesariamente son amigos entre sí y yo no necesariamente soy amigo de los amigos mis amigos) y por otro lado, el estado de amistad recién se logra después de un larguísimo proceso –me refiero a años- de diálogo y de confesiones confidenciales que llevan a honestos consejos o a respetuosos silencios según el caso; cosa que difícilmente pueda darse en una estadía temporal en una quinta en Del Viso. De hecho, durante mis antiguas discusiones con los defensores de la imposibilidad de la amistad intergenérica llegaba a la conclusión de que esa gente no podía tener tampoco amigos de su mismo género, según entiendo yo el término: como siempre el problema era semántico y usando la misma palabra estábamos hablando de cosas distintas.
Eso de los que "seguían fingiendo y adoctrinando a sus congéneres" me sonó a patada en mi tobillo sin la pelota en juego (si yo no fuera un hombre sino un mero te invitaría a arreglarlo en la esquina). Yo hace tiempo que no finjo ni por broma y además finjo tan mal que sería al pedo. Como dije en el post, no hay forma de que yo deje de ser macho en mis actividades y actitudes y es obvio que ninguna auténtica amistad puede basarse en cimientos que no sean la total sinceridad. Resulta que mi mejor amigo/a hoy en día es una mujer; una mujer, si cabe aclarar, que está para el crimen. Todo entre nosotros está clarísimo desde hace años: ella sabe que yo le "bajaría la caña" (vos dixit) en cualquier tiempo o lugar y yo sé, explícitamente, que ella no consentiría eso ni hoy ni nunca, no porque "no me vea" como hombre sino muy por el contrario porque me "ve" muy concreta y profundamente y yo no soy lo que elige en ese terreno (sí en otros), ¿acaso debería echar al olvido una entrañable relación con una persona inteligente, culta, sensible, responsable y maravillosamente querible por ese detalle? Los meros dicen que sí... Los meros también se escandalizan por el caso inverso: es que soy un hombre que ha aprendido a decir NO ante una oferta sexual frontal, gratuita y sin compromisos de una mujer que, por uno u otro motivo, no termina de convencerme. Voy a reproducir la frase con la que cerré una conversación en la que un mero sostenía que, si era capaz de hacer eso, en realidad no me gustaban las mujeres: "¿Sabés qué? Me gustan tanto pero tanto que hasta las respeto."
Bueno, creo que me extendí demasiado para un comentario... incluso en mi propio blog. Un abrazo.

Padre Tiempo dijo...

A ver, vamos por partes...
• No tengo problemas en encontrarnos en la esquina, pero ¿cuál es la esquina de una blogosfera?
• Lo de "seguían fingiendo y adoctrinando a sus congéneres" fue una simple referencia a un par de conocidos, nada más, que llaman a esa falsa amistad "amigarche" o "amigos con ventajas". No hacía falta sentirse PERSONALMENTE aludido.
• No suelo marcar a quien no lleva la pelota: un hombre dice las cosas de frente, o se calla. O bien juega con dignidad, o se queda en el banco. ¿Se entiende?
Jamás se me ocurriría cuestionarte nada. No nos conocemos, pero te tengo un gran respeto, y lo mismo va para Grismar y Cinzcéu; los considero personas muy lúcidas, que siempre tienen algo interesante que decir. Me llevan a reflexionar, y eso siempre se agradece.
Comparto tu punto de vista sobre la amistad, y tiendo a ver a mis amigos como seres humanos, sin importar el sexo. Para mí pesan más en la balanza las cualidades humanas (esas que lleva tiempo descubrir en los otros), que si la persona "está para el crimen".
Creo que me extendí y sulfuré al ñudo, pero tenía que aclarártelo.
De ahora en adelante, te ofrezco mi respetuoso silencio.

Grismar dijo...

Exactamente, 1+, es el mismo que inspiró ese post y algún otro, pero más allá de las extrañas razones psicológicas que me llevan a mantener una relación con alguien así, no es más que un representante de lo "normal".
Respecto de lo que decías sobre los hombres que saben decir que no a una oferta sexual, parece haber un desfasaje social, un momento de transición complicado. Durante mucho tiempo el rol de la mujer era el de esperar que el hombre encare (obviamente con un bagaje de métodos aprendidos para "inducir" ese encare) y podía decir NO quedando como una duquesa. El hombre, entonces, no se exponía demasiado a tener que negarse, pero sí tenía que bancarse el peso de ser "macho" siempre y "bajarle la caña" a todas. Hoy conserva ese peso, pero sumado a exponerse al encare directo de las mujeres y al tener que decir que sí bajo pena de ser considerado poco hombre. Hoy las mujeres podemos decir sí o no sin problemas, encarar o esperar sin que se nos condene, el hombre, socialmente, no parece haberse liberado en absoluto de esa presión de ser macho, sino que encima le agregó la de estar en el "lugar femenino" del rechazo, pero en su caso condenable. Uf, por no querer abusar de tu espacio me enredé y no sé si dije algo claro. Un beso.
P.D.: respecto a quien toma las decisiones en la pareja, no tiene nada que ver el lado de la cama, todos sabemos que las toma quien tiene el control remoto de la TV.

1+ dijo...

Padre Tiempo: ¡No se sulfure, caballero! Seguramente tomé la alusión como algo personal porque estoy demasiado sensibilizado por la permanente intransigencia de muchos congéneres sobre este tema. Disculpá el error y espero que, cada vez que tengas ganas, rompas tu respetuoso silencio: tus comentarios siempre serán bienvenidos por acá. Un abrazo.

Grismar: Sí quedó muy claro y coincido totalmente; está tan bien explicado el desfasaje provocado por esa transición que no puedo agregar nada más sin redundar. Un beso.