viernes, enero 27, 2006

Rutina

La alarma del reloj me arrancó de un sueño horrendo y desperté tal como me había acostado, mirando los dibujos de la humedad en el techo y ensopado en sudor. El calor no había aflojado durante la noche y me sentí aplastado y sin fuerzas, casi tanto como si no hubiera dormido. Puse la pava al fuego para cebar unos mates y prendí mi primer cigarrillo en la hornalla antes de conseguir hacer pie completamente en la vigilia. El sol pegaba muy duro a través del ventanuco aunque recién empezaba a subir y a mediodía nos freiría nuevamente a todos. Me hubiera gustado tomar una ducha (ni hablar de una helada bañadera) pero en esta maldita ciudad las olas de calor implican que escasee el agua en los grifos y se detenga la corriente eléctrica. Me lavé como mejor pude, apuré unas porciones de pizza del día anterior que habían tomado un aspecto bastante sospechoso y salí al asfalto que ya se derretía bajo el sol despiadado.

Pasé por el bar del gallego que, como todas las mañanas, estaba informándose sobre la actualidad con su peculiar sistema multimedia. Suspendido en un ángulo del local el mudo televisor mostraba imágenes de alguna guerra de oriente, en la radio un encolerizado periodista protestaba contra las contradicciones de la economía local y mientras tanto el tipo revolvía las páginas del diario a una velocidad que impedía cualquier lectura coherente. Asombrosamente el sistema funcionaba y el Gaita tenía certera información sobre casi todo, y el resto lo completaba con apoteósicos bolazos. Ya me había separado la sección de clasificados y después de los saludos y las bromas de rigor me dirigí a la parada de colectivos leyendo los avisos entre líneas. Encontré un par de anuncios prometedores y me colgué del estribo del bondi junto con los demás caballeros que cerrábamos la fila. Cuando bajé en el microcentro tenía la camisa pegada al cuerpo y el rostro empapado. Fumé un cigarrillo a la sombra de un toldito y me sumergí en el flujo del gentío.

La primera de las direcciones indicaba un alto edificio en la diagonal del norte. Era el típico bloque de oficinas: higiénico, impersonal y detestable. Subí al quinto piso, me presenté a la chica de la recepción (una auténtica belleza tras una absurda capa de cosméticos) y me hice sitio en un rincón del atestado vestíbulo. Un notorio cartelón sugería no fumar con una fórmula poco educada. Lo prohibía. A medida que pasaban los minutos comencé a sospechar que allí también estaría prohibido hablar en voz alta, o reír, o silbar una tonada. Decidí que llegar más temprano al otro destino sería más provechoso que continuar esperando en éste y me marché. El sol ya pegaba a pleno en las dos veredas y el aire se había tornado más pesado y bochornoso. Crucé la plaza y dejé atrás las moles ministeriales rumbo a barrios más viejos. Tuve que detenerme en un kiosco y comprar una botella de agua para reponerme. Según cuentan los mayores, en la ciudad antes era posible encontrar bebederos en las plazas e incluso baños públicos, pero el devenir de los asuntos humanos ha convertido en artículos de mercado las cosas más inverosímiles. Unas diez cuadras más adelante encontré el objeto de mi búsqueda, un antiguo caserón con un pasillo interminable. Sólo el concepto de que a cien metros corría otra calle servía para presumir su finitud. No parecía el lugar más indicado para instalar una oficina comercial pero verifiqué el domicilio y me metí por el oscuro pasadizo.

Golpeé con los nudillos la puerta H y una voz cascada me indicó que pasara. El ambiente apestaba a encierro y la luz que se colaba por la persiana entornada era bastante escasa. Un viejo me observaba por sobre sus lentes de montura metálica y se mesaba la espesa barba blanca. Estaba reclinado contra el respaldo de un destartalado sillón y delante de él había una máquina de escribir obsoleta. La singularidad del hombre y del lugar se sumaba a lo ambiguo del aviso para darle a la entrevista un halo de misterio. Graznó los buenos días y me invitó a tomar asiento con un gesto desdeñoso. Me hizo algunas preguntas personales y juzgué que había quedado satisfecho con mis respuestas ya que me dio a firmar un formulario que no me molesté en leer y mientras comenzaba a sonar un teléfono atiné a preguntar cuándo empezaba. “Aquí nunca se empieza” dijo, esbozando una sonrisa socarrona, “en general aquí es donde se acaba. Pero usted va a venir mañana, si se refiere a eso.” No sé si bromeaba pero en cualquier caso me resultó muy irritante. Eché una mirada en torno a aquel sórdido despacho y la situación colmó finalmente mi paciencia. “O tal vez, después de todo” lo increpé, “yo decida romper ese contrato. ¿Y no piensa atender jamás ese teléfono?” Su sonrisa se transfiguró en una amarga mueca de desprecio. “Usted no firmó ningún contrato, gil, lo suyo ha sido toda una renuncia. ¿Y de qué teléf...? Ah, ya comprendo ¡Hasta mañana entonces!”

La alarma del reloj me arrancó de un sueño horrendo y desperté tal como me había acostado, mirando los dibujos de la humedad en el techo y ensopado en sudor. El calor no había aflojado durante la noche y me sentí aplastado y sin fuerzas, casi tanto como si no hubiera dormido. Puse la pava al fuego...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estás con la puntería en alza.
Si te morís sin publicar te pego.
Coincido con el mono que leerte es un placer aunque nunca se sabe de qué estás hablando.
La Pizarnik solía rematar diciendo "hablaba de mí mismo".
Letra digna de verano porteño.
Un abrazo.

Don físico dijo...

Muy bueno! Estilo cíclico como a mi me gusta!